Biografía

Nací un 30 de septiembre de los mil novecientos ochenta y tantos, en algún lugar de Quito. Que llovía, dice mi mamá, y que esa noche, los Alfaro Vive Carajo, se daban bala con el bando de León Febres Cordero.

Mi infancia transcurrió como cualquier otra infancia de un niño del final de los ochenta e inicios de los noventa. El elástico, la soga, la rayuela; ahí jugaba en el patio y regresaba a casa totalmente cochina, con el grito de mamá diciéndome “marimacha” por andar jugando canicas con los varones.

Una mañana sucedió, en el patio de mi casa había un montículo de libros para ser desechados, ahora que lo pienso, es como una imagen de Farenheit 451, como que querían deshacerse del conocimiento para que la gente no sea libre. Ese día, sin saberlo, empezó mi proceso de liberación, esa mañana tuve contacto con lo que no tenía ni idea que iba a terminar haciendo el resto de mi vida.

Mi abuelo solía tener una biblioteca bajo llave, era el cuarto prohibido de la casa, siempre llamó mi atención. Hoy, debo confesar que la puerta ya no tiene puesta llave y que, de vez en cuando, me robo libros de ahí. Están tan solos que piden a gritos que los saquen. En fin.

Mi adolescencia, como muchas otras, fue muy adolecida, en realidad no es que recuerde mucho de ese tiempo.

Me casé a los 18 años, tuve mi hijo a los 20 y de ese mal tiempo no tengo mucho que contar, así tuviera que hacerlo, en realidad lo omitiera. Me divorcié a los 21 años y empecé a trabajar para tener dinero, de lo que sea, me guste o no, sea feliz o no, necesitaba dinero y era lo único que contaba.

Mi vida estudiantil pasó a ser un gran suplicio. Si no tienes un título universitario, la sociedad tiende a lapidarte, eres nadie, no sabes nada. Pasé por 3 carreras universitarias: Administración de empresas, Comunicación Social y Lengua y Literatura; esta última se acercaba mucho a lo que me iba a dedicar en la vida. Ninguna de las carreras fue de mi entera satisfacción, detesto las materias de relleno, detesto que la universidad no aporte en nada a tu verdadera formación, al menos así pasó con la universidad en la que intenté estudiar.

Me volví a casar (esta vez por un acto de amor puro). Van 6 años y sigo convencida que volvería a cometer ese acto de amor puro. Me casé con el mejor hombre del mundo, más que mi esposo es un camarada, un compañero, un mejor amigo. Frida llegó a nuestras vidas a ponerle un toque de loco desorden que lo disfrutamos. Ahora vivimos en una casa con dos niños y un par de gatos que nos calientan los pies por la noche.

Un día tuve la oportunidad de colaborar en la corrección de una tesis universitaria, la iluminación llegó a mí como cuando en una obra de teatro iluminan solo al actor que dice sus líneas de monólogo. Pensé y la revelación divina llegó: era eso a lo que me quería dedicar toda la vida.

Empecé a prepararme, a leer más de lo que estaba acostumbrada, a visitar bibliotecas, tener algunos cursos, otros talleres. Me di cuenta, como diría Sartre, que es como si en los libros está escrito todo lo que sé de mí.

Es impresionante todo lo que he logrado, todo lo que he escalado. Sigo como Sísifo con la piedra, eso es imposible de negar, pero estoy convencida de que algún rato llegaré a poner la maldita piedra en la cima, el día de mi muerte, seguramente.

Ahora estudio inglés por dos razones: mucha gente me pide que traduzca documentos, y porque en este andar de la corrección y las palabras, me enamoré de los idiomas y todo lo que ellos cargan. Trabajo y vivo de las letras, mis días transcurren en medio de palabras, tal y como Kohan describe esta hermosa sensación: “Mi ocio es mi negocio: ese tiempo me lo pagan; leo en mis tiempos libres al igual que en mis tiempos cautivos, como si todo mi tiempo fuese libre, o porque todo mi tiempo ha quedado cautivo”.

Aquí estoy intentando escribir un Quijote, aspirando a entender a un tal Ulises, luchando con demonios dantescos, viviendo en esta Ítaca de largas esperas sin saber qué esperar, intentando ser la mitad de lo que fue María Moliner. Porque en las letras encontré mi norte, mi camino y serán mi fin.

Amo las letras, y como diría Federico Nietzsche: “lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”.

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