La Camarada de Pekin y otros relatos

 

Luego de un largo periodo de ausencias, hemos decido volver a postear. No es que los libros hayan estado lejos de nuestras vidas, desafortunadamente, una serie de circunstancias nos han alejado de escribir (pérdida de dominio incluida). Y son esas mismas circunstancias las que me llevaron a comprar el libro de este post en una máquina expendedora de libros a 2 dólares en una feria del libro en la que no abundaba el dinero.

Jorge Enrique Adoum, para mí ha sido una tarea pendiente, de la misma manera que Pablo Palacio y otros grandes escritores ecuatorianos. Alguna vez, hurgando en biblioteca ajena, me avancé a leer un cuento de Adoum que trataba acerca de una estadía en Chile, lo leí a medias, y de esa probadita me quedaron muchas ganas de leerlo.

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Volviendo a la compra, este título fue el que más me llamó la atención de los que había y con las dos monedas que tenía en el bolsillo hice mi feliz compra. Empezar a leerlo me tomó algún tiempo puesto que entre cachuelos y otras ocupaciones, me quedé sin recorridos en bus que es donde más cómodo leo, hasta que llegó un viaje por tierra a mi actual lugar de trabajo en el cual de nuevo las circunstancias causaron que mi lector electrónico se cuelgue y así solo me dediqué a la Camarada de Pekin, que es el primero de los tres relatos que componen el libro y con las pausas del caso terminé con el segundo y en un desayuno de un día de madrugar mucho y llegar demasiado puntual a mi lugar de trabajo lo terminé.

Como leyeron es de fácil lectura, las descripciones de las emociones te acercan al lugar donde se producen las historias y a los sentires del personaje principal quien narra los eventos, así te permite ver o vivir los hechos y el tras cámaras. Seguramente buscaré más de sus libros.

Acá unas citas que más llamaron mi atención:

  • … ahondando en mis reflexiones sobre la mujer asiática, que esta vez se detenían más en su costumbre de amar sin besar, lo que llevaba, por lógica, a imaginar que, allá, la caricia de los labios en el cuerpo era más intensa pues llegaba intacta a su destino final, sin desgastarse tanto en su recorrido, como entre nosotros, por detenerse demasiado tiempo en la boca.
  • … mientras caía sobre nosotros, como una catarata de sombra, esa sensación de soledad que el post actum de la primera vez: la de haber llegado a la última consecuencia sin que quedara nada del camino recorrido…
  • … si bien la inteligencia, el poder, el dinero, la celebridad ejercen, a menudo, una atracción que puede confundirse, especialmente en las mujeres, con el amor, pese a todo el trabajo sexual que se encomienda al cerebro, la satisfacción plena sólo puede darla, al final, el cuerpo, en el instante en que todos los atributos intelectuales y morales desaparecen bajo un amasijo de miembros y de sílabas que la saliva tuerce.
  • … el más viejo de los asistentes me dijo: <<Camarada si tiene la razón, ¿Por qué se enfada? Y si no tiene la razón, ¿Por qué se enfada?>>. Me lo he preguntado, yo también, cada vez,  muchas veces, sin haber podido poner en práctica la respuesta. Se me ocurre que uno de ser no sólo chino sino, además, sabio para lograrlo.
  • … me encontré con la camarada Li que venía en sentido contrario. O me vio. Comprendí entonces la regla del juego: yo no existía, no había existido nunca, nada de lo que pasó, pasó. Pero el hecho mismo de aparentar que no me conocía, que no me veía, como si hubiera sido transparente, era una muestra de que yo seguía existiendo, aunque fuera como un mal recuerdo en su memoria…
  • …sino por ser ella, Martine, la única mujer que empezaba a habitarme. (Su abulia, que se estrellaba contra mi desánimo, me excitaba, quizás porque, sin proponérmelo, se me iba convirtiendo en desafío distraerla. A menos que pensara distraerme con ella de mí mismo).
  • Fueron horas bellas de contacto humano, casi físico, con esas adolescentes que recobraban, en torno a la mesa de café, lo que apenas dejaban entrevé en la sala de la biblioteca: el afán de hacer algo, la rebelión contra una vida estática e inmutable en la que no sucedía nada y, luego, el rechazo, que iría en aumento con los años de la sociedad de consumo, de la autoridad tonta, de la discriminación de la juventud.
  • … contento habría querido estar en la condición del perro o el caballo, porque sabía que no tenían alma que sucumbiera bajo el peso interminable del Infierno o el Pecado, como parecía que iba a suceder con la mía.
  • Tampoco quedó claro que había fracasado, ya sin esperanza, en mi esfuerzo de construir, aun cuando fuera con palitos, un amor duradero, al que nos habríamos aferrado para no hundirnos cada uno en su arenal.
  • Se volvió imposible seguir leyendo, imposible, de pie, extender el brazo a la distancia mínima necesaria para sostener el libro frente a mis ojos, lo que habría ocupado el lugar de otra persona. De modo que no quedaba otro remedio que pensar.
  • Podía ser, aunque joven, la mujer, que siempre imaginé madura, de la receta establecida por Vinicius de Moraes: algo en ella, ¿la música?, la volvía <<ligera como un resto de nube>>, pero, como él quería, <<una nube con ojos y con nalgas>>.
  • Hace no sé cuántos años un psicoanalista me había dicho: <<En Praga recomendaba a mis amigos que fueran a ver al músico antes que al médico, pero aquí, en Quito, ¿Cómo?>>

El Escribidor.

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