Uncategorized

Levantarse

No sé por dónde empezar, pero esto va así…

Corría mediados del año 2017 y me di cuenta (acepté) que tenía depresión. Este texto no pretende ser un escrito de superación personal, solo siento que lo debo escribir, que debo contar al mundo que uno se puede salvar de extrañas maneras.

Todo empezó (esto me di cuenta cuando tenía la mente clara) el momento en el que decidí dejar mi vida de lado, dejar de trabajar y mudarme a una ciudad que no me gustaba (a pesar de vivir dos años ahí, no terminó de gustarme).

Llegué a Guayaquil con todas mis cosas y perdida, no sabía qué iba a hacer de mi vida, tampoco sabía qué iba a ser de vida. Con todas las ganas del mundo arreglé esa casa gigante para 3 en donde me sobraban dormitorios y me faltaban ganas de habitarlos, era como que ese sitio tan grande se volvía un agujero negro del que no logré salir sino luego de varios años. Mi cama era el punto perdido en donde me refugié, y el techo se volvió el universo en el que perdía mi mirada. Enfermé de cuerpo, algo gritaba por ahí que las cosas no estaban bien, que el cuerpo enferma cuando la mente no está presente, cuando se fue. A las semanas despertaba de la anestesia y mi cuerpo temblaba pidiendo algo de calor, las salas de recuperación siempre han sido algo tétricas, esta fue como despertar de un mal sueño, mamá estaba en casa y el agujero se alumbró.

Dentro de todo esto buscaba qué hacer, aún no sabía que estaba metiéndome en un lugar que no tendría salida durante años, y no sabía qué hacer de mi vida más que pasar en la cama viendo el techo. Llegó a mí mi primer curso de corrector de estilo, empecé a estudiar y desperté un poco del letargo, aún no era suficiente.

En el baño del agujero negro una prueba de embarazo daba el positivo. Con el miedo tremendo de una previa pérdida decidí dejarlo en secreto, solo lo sabíamos el compa y yo. Fue un embarazo complicado, demasiado, diría yo. Dolor, náuseas, asco a la comida, un sentirse con la Nausea constante al puro estilo de Sartre, un chuchaqui eterno. Otra vez hospital, sueros, exámenes, doctores yo solo quería salir de ese sitio y encontrarme con Quito, encontrarme en mi sitio, pero volví a un lugar que no era mío, que no me pertenecía. Otra vez la casa se iluminaba, otra vez mamá volvió a iluminar el agujero. Cuando viajaba a mi sitio, los ojos se me llenaban de lágrimas con solo mirar las montañas, era el monstruo de la depresión o la extrema sensibilidad del embarazo, tal vez solo era una mezcla letal de mal de cabeza con explosión de hormonas.

La pequeña nació y yo intenté levantar, no pude, me hundí más. Es la depresión posparto, decía. Leía artículos de internet que afirmaban que la depresión posparto duraba mas o menos 9 meses, pasaron los 9 meses y seguía en mi depresión posparto. Para este entonces ya volví a mi sitio, y no, al parecer volver a mi sitio no me devolvía las ganas de vivir. Seguí estudiando, la corrección de textos era lo que daba algo de luz a mi vida.

Con el tiempo las cosas empeoraron, no salía de casa, no me bañaba, no me levantaba de la cama, no quería comer, no leía, no dormía, literalmente me quería morir. La maternidad iba siendo dolorosa, física y mentalmente; necesitaba salir del hueco, de la casa (ahora más pequeña). Conseguí un trabajo fuera de casa para tener ese pequeño impulso diario de levantarse, tenía que llevar pan para casa. La luz llegó, iba feliz a trabajar, aprendí millones gracias a una gran maestra, mi maestra se fue y todo otra vez empezó a oscurecerse, obvio, seguía trabajando.

Los abortos de gente cercana siempre me han generado una tristeza muy grande, me afecta mucho el aborto de una persona cercana, sea inducido o natural. Alguien muy cercano a mí se refugió en mí para pedirme ayuda (cabe señalar que soy provida total, pero en la decisión de la gente uno no puede incidir), como lo leal que soy decidí ayudarle, sin saber que eso sería el fondo que mi cabeza iba a topar. No dormía, comía todo lo que estaba en mi frente, desmedido, como si al comer pudiera sanar todo que me estaba pasando. Seguí sin levantarme de la cama, sin dormir, sin bañarme… sin leer. Todo se dio y fue un éxito hasta dentro de los 4 siguientes días: quien se hizo el procedimiento se puso mal, tuve que llevarla de urgencias para que le realicen un procedimiento más exhaustivo, tenía una infección tremenda y yo debía ser fuerte, porque no podía estar débil al frente de alguien que acababa de pasar por algo tan delicado. Las fuerzas se me acababan cuando llegaba a llorar desconsoladamente al pecho de mi esposo, aún ahora escribiendo esto me duele, me siento culpable; perdóname por esto, pequeña luz de vida. Ella se recuperó y creo (creo porque no sé, no me atrevo a preguntar) que ahora está bien y es feliz, eso me alegra (si lees esto, mi pequeña muchacha, espero que estés feliz). Lo único que sé es que nunca más volveré a festejar mi cumpleaños, algunos llevamos lutos pendejos y este es el mío.

Mi mente seguía inquieta y la idea, el ideal del suicidio no se iba. Busqué métodos para morir tranquilamente, pero no sabía cómo hacer para que mis hijos no me encuentren así. Pensaba en desaparecer y a los siguientes días aparecer muerta, pero me dolía el pesar que mi mamá iba a sentir. ¿Qué les iba a decir mi esposo a mis hijos? Tu mamá se mató porque se cansó de vivir, porque le apestaba el mundo donde nosotros que le amamos tanto existimos. Me sentía miserable por todo lado, tenía un esposo maravilloso que intentaba hacer de todo para que despierte del letargo, tenía los wawas que saltaban encima para que mamá reviva, porque estaba ida, porque estaba muerta en vida. Eran los leoncitos que saltaban encima de mamá leona, a quien hace horas un cazador maldito le disparó.

Trataba de trabajar, de levantarme para tener un envión, lo hacía pero el resto de tiempo pasaba acostada mirando al techo. Me obligaba a leer, no podía ser que ese refugio ya no era refugio, que no me daban ganas de abrir un libro. Buscaba en internet las formas más eficaces de quitarse la vida. Lo poco que dormía soñaba con morir; morir se volvió una obsesión. Esa sensación estar en el piso 11 del departamento de tus amigas y sentir el impulso de lanzarte por el balcón, esa sensación de subir a la terraza y mirar abajo para calcular el punto más alto para saltar y que no quede nada, que todo se desvanezca. Seguía comiendo para llenar todos los vacíos que había, pero nunca se llenaba, y yo seguía comiendo todo y nada llenaba.

Llegó a mis manos el libro Instrumental de James Rodhes, al principio me pareció una cosa burda de superación personal, sin embargo, lo terminé. Lo cerré para darme cuenta de que estaba deprimida y necesitaba ayuda. La ayuda llegó, me llevaron de las orejas donde una psicóloga con la que no hice clic y no volví por más. Luego de un mes llegué donde mi psicoanalista a quien le confío hasta mis hijos. Tuve las herramientas necesarias para empezar a salir adelante. Entre a estudiar para volver a tener el envión de levantarme, ayudó pero no en su totalidad. Luché.

Son 5 meses que llevo sana (?), me siento en paz. No, la felicidad no es la meta, la meta es la paz. Hace un par de meses me asocié con una colega que sabe un universo más que yo, empezamos a planear algunas cosas y ahora somos profes de corrección de estilo. La corrección me ha mantenido viva y me ha dado un aliento de levantar cabeza para no matarme. Esta vez, como profesora, he podido ver la cara de asombro de las personas, gente que llevaba años haciendo corrección empíricamente y que ahora tiene herramientas para hacer su trabajo mejor y en menos tiempo. Romper paradigmas y mitos, ver caras de asombro en gente adulta me ha devuelto la luz total que iba prendiéndose de a poco.

Cada día es una lucha por levantarse aún, ya no como tanto y he decidido ejercitarme (alguito), he adelgazado un poco y empiezo a caber dentro del espejo. Mis dolencias físicas se han ido de a poco, me siento mejor aunque aún debo ir donde el doctor (qué horrible es eso) y todo va esclareciéndose. Espero mantenerme así, espero seguir esa paz aunque nunca se sabe cuándo el demonio interno vuelva a despertar.

Con este post empiezo una nueva era de este blog, seguirá tratando de lo mismo, de libros. Ya no con la misma frecuencia de antes pero sí habrá uno que otro por ahí de vez en cuando. Este post es una pequeña reseña del libro Instrumental de James Rodhes, a veces cansa de que sea tan narcisista pero puede haber gente a la que le salve la vida como a mí.

Del libro me quedo con una sola frase última: “No tengo ni idea de si voy a sobrevivir a los próximos años. Ya he estado en situaciones en las que me sentía sólido, responsable, bien, fuerte, y todo se ha ido a la mierda. Desgraciadamente, siempre estoy a dos malas semanas de distancia de un pabellón cerrado”.

Anuncios
Inspiraciones de la Escribidora

Biografía

Nací un 30 de septiembre de los mil novecientos ochenta y tantos, en algún lugar de Quito. Que llovía, dice mi mamá, y que esa noche, los Alfaro Vive Carajo, se daban bala con el bando de León Febres Cordero.

Mi infancia transcurrió como cualquier otra infancia de un niño del final de los ochenta e inicios de los noventa. El elástico, la soga, la rayuela; ahí jugaba en el patio y regresaba a casa totalmente cochina, con el grito de mamá diciéndome “marimacha” por andar jugando canicas con los varones.

Una mañana sucedió, en el patio de mi casa había un montículo de libros para ser desechados, ahora que lo pienso, es como una imagen de Farenheit 451, como que querían deshacerse del conocimiento para que la gente no sea libre. Ese día, sin saberlo, empezó mi proceso de liberación, esa mañana tuve contacto con lo que no tenía ni idea que iba a terminar haciendo el resto de mi vida.

Mi abuelo solía tener una biblioteca bajo llave, era el cuarto prohibido de la casa, siempre llamó mi atención. Hoy, debo confesar que la puerta ya no tiene puesta llave y que, de vez en cuando, me robo libros de ahí. Están tan solos que piden a gritos que los saquen. En fin.

Mi adolescencia, como muchas otras, fue muy adolecida, en realidad no es que recuerde mucho de ese tiempo.

Me casé a los 18 años, tuve mi hijo a los 20 y de ese mal tiempo no tengo mucho que contar, así tuviera que hacerlo, en realidad lo omitiera. Me divorcié a los 21 años y empecé a trabajar para tener dinero, de lo que sea, me guste o no, sea feliz o no, necesitaba dinero y era lo único que contaba.

Mi vida estudiantil pasó a ser un gran suplicio. Si no tienes un título universitario, la sociedad tiende a lapidarte, eres nadie, no sabes nada. Pasé por 3 carreras universitarias: Administración de empresas, Comunicación Social y Lengua y Literatura; esta última se acercaba mucho a lo que me iba a dedicar en la vida. Ninguna de las carreras fue de mi entera satisfacción, detesto las materias de relleno, detesto que la universidad no aporte en nada a tu verdadera formación, al menos así pasó con la universidad en la que intenté estudiar.

Me volví a casar (esta vez por un acto de amor puro). Van 6 años y sigo convencida que volvería a cometer ese acto de amor puro. Me casé con el mejor hombre del mundo, más que mi esposo es un camarada, un compañero, un mejor amigo. Frida llegó a nuestras vidas a ponerle un toque de loco desorden que lo disfrutamos. Ahora vivimos en una casa con dos niños y un par de gatos que nos calientan los pies por la noche.

Un día tuve la oportunidad de colaborar en la corrección de una tesis universitaria, la iluminación llegó a mí como cuando en una obra de teatro iluminan solo al actor que dice sus líneas de monólogo. Pensé y la revelación divina llegó: era eso a lo que me quería dedicar toda la vida.

Empecé a prepararme, a leer más de lo que estaba acostumbrada, a visitar bibliotecas, tener algunos cursos, otros talleres. Me di cuenta, como diría Sartre, que es como si en los libros está escrito todo lo que sé de mí.

Es impresionante todo lo que he logrado, todo lo que he escalado. Sigo como Sísifo con la piedra, eso es imposible de negar, pero estoy convencida de que algún rato llegaré a poner la maldita piedra en la cima, el día de mi muerte, seguramente.

Ahora estudio inglés por dos razones: mucha gente me pide que traduzca documentos, y porque en este andar de la corrección y las palabras, me enamoré de los idiomas y todo lo que ellos cargan. Trabajo y vivo de las letras, mis días transcurren en medio de palabras, tal y como Kohan describe esta hermosa sensación: “Mi ocio es mi negocio: ese tiempo me lo pagan; leo en mis tiempos libres al igual que en mis tiempos cautivos, como si todo mi tiempo fuese libre, o porque todo mi tiempo ha quedado cautivo”.

Aquí estoy intentando escribir un Quijote, aspirando a entender a un tal Ulises, luchando con demonios dantescos, viviendo en esta Ítaca de largas esperas sin saber qué esperar, intentando ser la mitad de lo que fue María Moliner. Porque en las letras encontré mi norte, mi camino y serán mi fin.

Amo las letras, y como diría Federico Nietzsche: “lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”.